“El Interior -como todo- es una imagen falsa,” dice Caparrós en su libro titulado justamente, “El Interior”.
Esta imagen a la que el autor apunta se refiere a los estereotipos rurales: el paisaje bucólico, los animalitos, la vida simple, tranquila, sin eventos. El mate y la siesta y ya está la síntesis hecha.
La fotografía es un medio experto en reinforzar estereotipos: no solo asegura que perduren en el tiempo, sino que ha sido cómplice en la concepción de los mismos.
Cuando converso con gente en mis viajes por las rutas rurales, sus primeras sugerencias al ver mi actividad fotográfica es apuntarme a lugares donde existen bellos paisajes o muchos animales.
Yo busco repensar la imagen del mundo campestre, y construir mi propio paisaje en base a lo que veo cuando viajo por las rutas.
Es imposible no observar los altares ruteros al costado del camino, todos colorados. Son en general, al Gauchito Gil, el santo pagano más popular del interior y de la Argentina. Es notable la forma como se ha diseminado, llegando a las ciudades mismas. Pero la esencia del mito está arraigada al campo y el gauchito pertenece al mismo. Continúa Caparrós: “Antonio Gil es el Interior hecho creencia. Antonio Gil es la gauchesca hecha superstición.”
Tanto los altares paganos como los interiores o las esculturas al costado de la ruta son, a mi entender, intervenciones artísticas, instalaciones, y, finalmente, son fotografías que atestiguan contra el concepto del habitante rural como alguien simple e inofensivo, y apuntan a revelar una imagen de complejidad y sofisticación.